martes, 23 de enero de 2018

Master of Sex: Más allá del sexo.





Para Monse, quien me obligó a ver esta serie.


Masters of Sex llegó muy tarde a mi vida.

No lo digo porque sea una serie vieja, se estrenó apenas en el año 2013. Tampoco  me refiero a que su trama es demasiado juvenil (que no lo es en ningún sentido) y yo rondo los cuarenta. No, no es eso. Simplemente que los héroes o anti-héroes plasmados en la pantalla se parecen mucho al tipo de personajes que admiraba hace más de veinte años… Y yo ya no soy aquél.

Hace veinte años me hubiera encandilado la determinación con la que Bill Masters y Virginia Johnson (los dos protagonistas principales) hicieron salir avante su proyecto, su “estudio”, contra todo y contra todos. A pesar del rechazo, la discriminación, el menosprecio e incluso el desinterés de la comunidad científica y de los legos por igual. 

Hace veinte años hubiera admirado la valentía con que Johnson y de Libby Masters se enfrentaron a una sociedad que menosprecia el valor de la mujer. Hubiera aplaudido la auto-apropiación que hicieron de sus cuerpos y el coraje que tuvieron para descolocarse del lugar de madre-esposa donde forzosamente el sistema las había colocado, incluso a costa de descuidar a sus hijos.

También hubiera sufrido por la incapacidad social de un genio como el Dr. Masters, quien, a pesar de su impotencia en varios niveles, lograba a fuerza de arrojo y traiciones, proseguir con su investigación. Quizá, incluso, me hubiera identificado con su aplanamiento afectivo y con su máscara de fortaleza que utilizaba para evitar mostrarse como lo que realmente era: un sujeto sensible y débil. Y entonces hubiera comprendido que las dificultades que presentaba para relacionarse eficientemente con su familia e hijos se debían al pasado tormentoso y traumatizante que sus padres le habían regalado en su infancia.

En fin, hace veinte años era yo más cínico y amargo.

Huelga decir que apenas he visto dos temporadas de cuatro, voy a la mitad de la serie y quizá me equivoque en mis señalamientos. Sin embargo, la serie tiene varias virtudes más allá del ya repetitivo “Masters-un-genio-traumatizado” y “Johnson-una-feminista-como-pocas”, y es que en sus episodios es posible rescatar críticas ponzoñosas al sueño americano, pues estos dos anti-héroes en realidad no son lo que podríamos llamar unas buenas personas, son autoritarios, traicioneros, mentirosos, ambiciosos. Él: clasista, egoísta y sexista. Ella: poco leal, individualista y poliamorosa (¿o esto era virtud?). Y entonces tenemos a este par que viene a representar el pilar fundamental en donde se sostiene el capitalismo estadounidense y ese sueño americano comentado más arriba: sujetos capaces de pasar sobre todo y pisotear a quien sea con tal de llegar al éxito.

Y repito, para mí esto es una virtud de los guionistas, al dotar a sus personajes de una amplia gama de grises impidiendo que los espectadores empaticemos completamente con ellos pero al mismo tiempo tampoco podemos juzgarlos o rechazarlos del todo.

De la misma forma podemos ser testigos de grupos minoritarios (homosexuales, afroamericanos, prostitutas, etc.) que se comportan de la misma manera, siendo víctimas y victimarios al mismo tiempo, fallando como todos a la hora de enfrentarse a sus principios.

Y esa es la belleza de esta serie, que más allá del seductor título, muestra a sus personajes como personas con dudas, equivocándose, sufriendo y violentando… y sin embargo, al final de la segunda temporada, estos mismos personajes nos piden/se piden dar “un salto de fé”, porque no basta ser consiente de uno mismo para poder modificar nuestro comportamiento; nos piden/se piden dar “un salto de fe” porque necesitamos creer en algo para poder darle sentido a la existencia…

… Y además: Lizzy Caplan es una diosa.

23 de enero de 2018

viernes, 11 de agosto de 2017

Escríbeme



“Escríbeme.”

Fue lo último que dijiste, concreto, sencillo de entender. ¿Acaso pensaste que escribir es de lo más fácil? ¿Crees que sólo es cosa de sentarse con papel y lápiz y ya, que las palabras brotan solas? ¿Por qué no dijiste “te escribiré” y me diste de esa forma la oportunidad de escucharme en ti? Y lo peor de todo es que no fue una petición inocente y desesperada, sino una pinche orden. Muy a tu estilo.


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Te acompañé a regañadientes hasta el andén del autobús, había arrastrado tu equipaje desde  tu casa hasta la estación sin apenas hablar. Tal vez hubiera sido más rápido tomar un taxi en vez de caminar las ocho cuadras que separaban la distancia entre los dos puntos. Pero nooo, te empeñaste en hacer exactamente lo contrario a lo que la lógica más racional pudiera dictar. ¡Ah, pero es que tú tenías tu propia lógica!

A pesar de la lluvia y del pinche frío de la madrugada, la Se-ño-ri-ta (así, con mayúscula) había tenido la fabulosa idea de recorrer las banquetas de su colonia por última vez, disfrutar del paisaje y reconocer los más íntimos lugares del barrio donde creció. No me quedó más remedio que aceptar y emprender la pequeña expedición con un maletón tal que parecía que llevabas hasta la estufa.

– Sólo lo necesario. – Dijiste cínica y con esa sonrisa que sabes que me desbarata.
– Siempre es lo necesario. – Dije tratando de ser el sarcástico de siempre. No pude evitar sonreír ante el pequeño ritual que acabábamos de representar.

Hiciste como que no me escuchaste y saliste de tu casa a paso firme y yo, después de cerrar tu puerta, te seguí como el fiel escudero que en ocasiones me tocaba representar en nuestra obra. Tu andar de ¿dama medieval? Más bien, tu porte de Juana de Arco te hacía avanzar con una seguridad que reflejaba tu decisión de iniciar la aventura que habías estado retrasando tantos años. Te admiré en ese momento, te envidié porque al fin la oportunidad te había encontrado después de haberla buscado tanto tiempo. Y te odié.

¿De qué privilegios gozas? Tanta vida caminando juntos para que sin darme cuenta te fueras volviendo una y de repente, en un dos por tres, agarraras tus cosas y ¡pum!, “adiós”, “hasta luego”, “ya me voy”, “no me extrañen”. ¿Y YO QUÉ?, te gritaban mis ojos, pero mi voz tranquila y comprensiva me traicionaba al felicitarte.

– Vas a estar bien, todo va a salir bien, yo lo sé.
– Yo también lo sé.
– ¿Es que siempre tenemos que estar compitiendo?
– El ser humano es así.
– Eso no me dice nada.
– ¡Ratero! Esa es mi frase.
– Algo te tenía que aprender ¿No?

Otro ritual. Otro silencio. A estas alturas ya no sé cuáles eran tus frases y cuáles las mías, pero a pesar de nuestras sonrisas, las palabras sonaron algo huecas, sin sustancia. De un tiempo para acá la magia que había rodeado nuestra vida había ido desapareciendo hasta convertirnos en dos extraños, dos extraños que se conocen muy bien pero al fin y al cabo, ajenos uno del otro.

Que difícil se me hacía caminar tras de ti cargando el equipaje y sin saber en realidad hacia donde ibas. Pero era más difícil avanzar en silencio, despacio y casi arrastrando los pies. Pocas veces caminábamos uno tras el otro, casi siempre andábamos codo con codo, pero en esta ocasión y durante los últimos meses me había convertido en tu guardaespaldas, porque la espalda era lo único que te podía ver durante nuestros paseos.

Creo que ibas llorando, parece que tengo el don de intuir cuando tus lágrimas escapan, pero en esta ocasión no pude estar seguro pues la lluvia había mojado tu pelo y tu cara. Parecías una chamaquita caminando empapada con tu chamarra enorme que te cubría hasta las rodillas y brincando para salvar los charcos y evitar que tus tenis rosas se llenaran de lodo. Casi lloro pero me contuve, hoy que te ibas me tocaba ser apoyo y contenedor, aunque yo me estuviera muriendo por dentro, a pesar de que tuviera un nudo en la garganta y se me quebrara la voz cada que intentaba decir algo, tenía que cumplir con el rol asignado y ni modo. Es complicado tratar de ser imparcial, tratar de ser objetivo y comprensivo cuando parte de mi vida se va contigo, cuando todo esto que hoy me toca dar a mí tú me lo has dado antes cuando yo lo he necesitado. ¿Por qué no puedo gritarte que te quedes? ¿Por qué no puedo exigirte que no crezcas?

Porque no me corresponde pedírtelo.


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Pensándolo bien, no sé en realidad que es “lo que me corresponde”. Hace mucho tiempo que debí haber salido de tu vida, después de tantas discusiones, después de que me corriste muchas veces y después de yo mismo haberte corrido en otras. Pero siempre te busco, siempre me empeño en pisotear mi orgullo e ir como el perro arrepentido a buscar eso que me das y que no sé que es. No he podido curar esa obsesión hacia ti que me ha hecho dependiente. “Soy adictiva”, dijiste alguna vez, y vaya si lo eres.

– Deja de verme las nalgas. – Dijiste sin voltear.
– ¿Qué lo único que sé hacer es estar viendo tu trasero?
– ¿Qué sabes hacer otra cosa?
– Ni que estuvieras tan buena. Además, no empieces a joder porque no estoy de humor. – Dije a la defensiva.
– ¿Y yo que culpa tengo en eso?
– De todos modos no me chingues ahorita.
– ¿Y más al ratito?
– ¡Al ratito puedes hacer lo que quieras!
– Ni que te tuviera que pedir permiso.
– ¡Sácate a la goma! – Soltaste una carcajada y seguiste caminando. Y yo enojado, triste… y divertido. Creo que hasta estas pseudopeleas voy a extrañar.

Y para serte sincero: sí te iba viendo las nalgas.


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Yo seguía sin entender el motivo de la caminata. Además tu autobús salía hasta dentro de una hora y, si caminábamos al mismo ritmo que hasta ahora, llegaríamos con cuarenta minutos de adelanto. Si a eso le sumábamos que eran las cuatro de la mañana, toda esta operación parecía más que absurda.

– Ya llegamos.
– ¿A dónde?
¬– Al lugar que nos permitirá guardar este momento para toda la eternidad. ¬– Dijiste con toda solemnidad y después soltaste una risotada al señalarme la anticuada cabina de fotografías instantáneas.
– ¡No manches! ¿Caminamos hasta aquí sólo para tomarnos unas fotos tan gachas? Hasta tiene mejor resolución la cámara de mi teléfono.
– Y mi teléfono es mucho mejor que el tuyo, pero aquí lo que vale es la situación y el momento. Además, tomarnos fotos con el celular como que le quita lo romántico al asunto.
– Pues no siempre le quita lo romántico… – Dije con picardía esperando ver una reacción adecuada a mi expresión pero otra vez hiciste como si la virgen te hablara.
– La verdad es que quisiera llevarme una foto de nosotros dos. ¿No sé si te has dado cuenta que nunca nos hemos fotografiado juntos?
– No seas mentirosa. ¿Y el evento aburrido de tu trabajo al que me llevaste?
– Esa foto no cuenta porque casi estabas desmayado de borracho y no éramos tú y yo porque también estaban mis jefes y otros compañeros de trabajo con los que nos estábamos divirtiendo.
¬– ¡Aburrido!
– ¿Cuál aburrido, si tú no perdías oportunidad para aventarle el calzón a la primera que pasaba oliendo bonito?
– Vieras que su perfume era lo último en que me fijaba.
– ¡Cabrón!
– ¿Además qué querías que hiciera si tú estabas bien bailarina con todo mundo?
– No es mi culpa que tú te muevas como tabla.
– Si sí sé bailar, lo que pasa es que no me gusta mucho.
– Eso más bien sonó a justificación.
– Pero por lo menos yo no empecé con lo de los celotes.
– ¡¿Te vas a tomar las fotos conmigo sí o no?!
– Está bien, no te enojes. Pero acuérdate que nunca salgo bien cuando me doy cuenta que me van a fotografiar, siempre me veo bien horriblísimo (por no decir que salgo bien cagado).
– Ya lo sé, pero ya te he dicho que tu belleza no es física.
– Ahora me vas a decir que mi belleza “es interior”.
– No iba a decir exactamente eso, pero algo así. Yo te aprecio por cómo eres conmigo, no por lo “no bueno” que estás.
¬– Ya quisieras tener contigo este cuerpecito de chorizo toluqueño mal amarrado.
¬– Si quisiera lo tendría, baboso. Si el que se muere de ganas eres tú. – ¡Bolas, tío Cuco! Directo al orgullo.
– Bueno pues, ¿nos vamos a tomar las fotos o no?
¬– Como dices tú: ¡Ya’stás!


********


Ibas caminando con la cabeza baja, mirando como tus pies se hundían en los charcos. Aún llovía, no sabía otra vez si llorabas y, como en gran parte del camino, no decías nada.

Batallamos un poco para completar las monedas para la máquina e insertarlas. Un ruidero al interior del artefacto y un chirrido que indicaba el inicio del proceso nos hicieron sonreír cuando nuestras miradas se cruzaron. Tratamos de centrar nuestras caras en la luz verde y (¡Flash!) la primera ya estaba. Como siempre, comencé a hacer caras intentando ser chistoso sin recordar lo ridículo que ha resultado en otras ocasiones ese ejercicio. (¡Flash!) Cara de asustado, (¡Flash!) cara de enojado, (¡Flash!) cara triste y (¡Flash!) la mejor de todas: cara de loco-asesino-violador y anexas.

Yo seguía viendo tu nuca y me preguntaba qué había pasado. Habíamos salido de la máquina de instantáneas y esperamos, yo con cierta desesperación, a que aparecieran por la ranura las fotos del recuerdo. Tomaste la tira de papel, la miraste con rapidez y te la guardaste en el bolsillo.

– Déjame verlas.
– No.
– Déjame verlas que en esas fotos también aparezco yo y eso me da derecho a mirarlas.
– Tendrás ese derecho pero no mi autorización. Las fotos son mías porque van a ser el único recuerdo que me lleve.
– Como quieras. En realidad a mí todo esto de las fotos me parece un poco ridículo.
– No seas grosero ni desconsiderado, míralo como un último deseo de aquella que se va para no volver. – Dijiste con una voz solemne y sobreactuada.
– Será lo que tú digas, pero eso no le quita lo ridículo al asunto. – Dije y ¡pácatelas! La mirada asesina número 7615 hizo su aparición.
– ¡A veces de veras no sé por qué te sigo buscando!
– Tal vez porque obtienes siempre algo de mí.
– No me salgas con chingaderas, bien sabes a lo que me refiero.
– Si te entiendo muy bien. – Creo que ahí debí haber parado, pero no lo hice. ¬– A veces soy de mucha utilidad, algo muy útil, es decir que sirvo para ser utilizado…
– No sabes cómo me lastima lo que dices.
– … porque yo soy el que está disponible cuando te encuentras en problemas, yo soy el que existe cuando tu nuevo novio te abandona, yo soy el que está para hacer los mandados que tu no puedes o no quieres hacer. ¡Yo soy el único idiota que viene en plena madrugada a empaparse sólo para cumplir un caprichito cargando tus maletas! ¡Yo soy el único que…! – Dejaste caer tu bolso al suelo y me abrazaste con fuerza ocultando tu cara entre mi chamarra.
– ¿Por qué no puedes decir simplemente que te duele que me vaya? – Un escalofrío recorrió mi espalda y fue hasta entonces que te abracé yo también. – ¿Cuántas veces te tengo que decir que si acudo a ti es porque no tengo a nadie más en esta ciudad? Eso tal vez si sea verdaderamente patético, pero así es y no he podido remediarlo.
– Entonces no te vayas.
– Necesito hacerlo y tú lo sabes.
– Una cosa es que lo sepa y otra muy diferente es que lo acepte.
– Tal vez no lo aceptes ahora pero ya te acostumbrarás. – Te soltaste sin esperar respuesta a tu comentario y empezaste a caminar de nuevo.


********


Llevábamos veinte minutos en la terminal sentados en esas incómodas sillas que hacen que los traseros se entuman y una jeta sea imposible de concebir. Desde que habíamos cruzado los canceles de entrada de la estación de autobuses no habíamos cruzado palabra alguna. Tú parecías contar por enésima vez las lámparas fluorescentes del cielo raso y yo en cambio me entretenía revisando la superficie de mis zapatos.

– Deberíamos tener muchísimas cosas que decirnos en estos momentos ¿No crees? – Soltaste sin preámbulo e hiciste que diera un pequeño respingo que delataba mi incapacidad para mantenerme despierto.
¬– El deber y el tener sólo se parecen al querer y al hacer en que los cuatro son verbos.
– ¿Entiendo que entonces no quieres decir nada?
– Entiende que no quiero hacerlo.
– Hacer ¿qué?
– Despedirme.
– Entonces no lo hagas. Sólo quédate aquí conmigo.


********


Los altavoces vomitaron una voz cansada, dormida y demasiado metálica  que anunciaba tu salida. Tomamos tus maletas y nos dirigimos hacia el andén correspondiente. Un anciano flacucho revisaba los boletos y un joven que bien podría ser su nieto recibió tu equipaje y lo introdujo dentro del vehículo. Los otros pasajeros subían y el motor estaba en marcha: nos quedaba poco tiempo.

– No sé que decir.
– No digas nada, has hecho demasiado acompañándome hasta aquí.
– En verdad ha sido difícil hacerlo.
– Lo sé, también ha sido muy doloroso para mí.
– En las películas, este es el momento perfecto para decir algo profundo, algo que marque el destino de la cinta, una frase que valga la pena haberse chutado dos horas frente a la pantalla.
– ¿Y cuál es tu frase, my hero? – Dijiste sonriendo.
– Ese es el problema, que no tengo ninguna preparada.
¬– A veces, las mejores cosas se dicen sin pensar.
– No siempre, a veces las mejores frases se piensan antes de tener un momento adecuado para decirlas.
– Como sea, dime tu frase.
– Mmmm. Haber qué te parece esta: Siempre estaré contigo.¬ – Moviste la cabeza negativamente como diciendo que esperabas otra cosa menos trillada.
– Siempre es Nunca.
– Tal vez con nosotros será Siempre y Nunca. – La tibia sonrisa que intentabas conservar hasta ese momento se convirtió en una mueca desencajada llena de dolor, tristeza y cierto odio. Una lágrima corrió por tu mejilla pero tu expresión no cambió. Una sola lágrima y yo sin poder beberla. No pude soportar más el poder de tu ojos y escondí mi mirada en el suelo y mis manos en el bolsillo.

– Escríbeme. – Dijiste, concreto, sencillo de entender. Pero no me atreví a levantar la vista.

Saque mi mano derecha que aprisionaba un pequeño objeto ajeno que se escondía dentro de mi chamarra. La tira de fotos que no me dejaste ver me observaba desde el extremo de mis dedos: Un tipo hacía muecas pretendiendo ser gracioso mientras a su lado una pequeña mujer cuasi adolescente no dejaba de mirarlo con unos ojos llenos de melancolía, adoración y, sí, decepción contenida. Unos ojos que ya no volverían a verlo así salvo en esa tira de recuerdos en fotografía.

“¡Tus fotos!”

– ¡¿Pero entonces que te llevas?! – ¡Estúpido! Ya no estabas.


********

Salí corriendo hacia la calle y sólo alcancé a ver como tu autobús se adentraba en la avenida mientras la lluvia lo devoraba. Los cuartos traseros se fueron alejando y perdiendo intensidad mientras el tiempo seguía corriendo.

No, no creo que haya sido una orden, porque si así hubiera sido no estaría mandándote esto. Pero debo confesar que no pude escribirte porque para mí sigues siendo inescribible. Lo único que he hecho hasta ahora ha sido escribirme contigo, y es lo que te envío.

No sé que sigue, no sé si vuelvas o vaya a encontrarte. En este momento sólo sé una cosa bien simple:

– Te extraño.


Besos.





7 de enero de 2006 – 4 de julio de 2006

martes, 15 de diciembre de 2015

Las dos vías.



LAS DOS VÍAS.


Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo,
sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.
Juan 5:19


Asumir la postura psicoanalítica como la vía única para entender/comprender la interacción padre-hijo (omitiremos en este escrito a la figura materna, no por falta de interés, sino por economía de espacio) implica sumergirnos, se quiera o no, en los orígenes de la construcción ideológica cristiana occidental, pues es éste y no otro el marco de referencia de donde abreva la triada edípica, ese concepto que tanto entendidos como legos ya hemos convertido en un lugar común y, por qué no decirlo, hemos asumido como parte de nuestra idiosincrasia de manera harto simplificada.
Y no, no ignoro que el llamado Complejo de Edipo propuesto por Freud tiene su origen en la mitología griega, sin embargo, al detenernos en las peculiaridades de este “Complejo”, podemos encontrarnos con una raigambre judeo-cristiana de la cual es imposible desprendernos. Lo que propongo es analizar la relación padre-hijo desde esta perspectiva, pero más allá de la analogía simple de considerar al Dios cristiano (o a la idea de Dios) como una representación burda de la figura paterna, quisiera darle un giro a esta concepción y plantear que el psicoanálisis al establecer la participación de la figura del padre en el periodo edípico, lo hace a partir de trasponer las características del Dios cristiano y considerar al padre como una extensión de ese Dios omnipresente,  omnipotente y amoroso presentado al mundo por el mismo Jesucristo: Abba-papá.
En este sentido, el padre representa para el niño la santidad, la voluntad de poder, el ser que provee, el juez, el ser que lo libra del camino equivocado y el que lo protege de todo mal, como lo podemos encontrar en las diversas versiones del Padrenuestro. Este es el padre con el que se encuentra el pequeño en sus primeros años de vida, y es este padre con el que se enfrenta en la etapa edípica.
En este triángulo, el padre pasa a representar la amenaza subyacente de castración por lo que será temido y envidiado por el niño. Se supone que si el padre cumple de manera adecuada el papel amenazante que le corresponde, el niño deberá aceptar su derrota, asumir la autoridad del padre y aceptar la imposibilidad de adueñarse a la madre, instituyendo de esta forma la figura del superyó en la estructura psíquica del niño y permitiendo la formación del yo.
El cuestionamiento es el siguiente: Si aceptamos la propuesta psicoanalítica de estructuración del sujeto arriba señalada, estamos asumiendo que el destino del padre y el hijo es vivir, sí o sí, en eterna competencia por la esposa/madre, no sólo durante la llamada etapa edípica hasta su resolución, sino durante toda su relación familiar. En este encuentro desequilibrado de fuerzas, el padre se ve orillado a demostrar su poder y autoridad para aplacar la amenaza de destrucción-sustitución propuesta por el hijo; y el hijo a la vez deberá entablar una eterna batalla para convertirse él mismo en ese mismo padre y así poder alcanzar la perfección que este ostenta y lograr tener acceso a su madre. ¿Este conflicto termina con la “resolución” del Edipo? Claro que no, porque si bien la resolución implica que las pulsiones sexuales dirigidas hacia el objeto primario sean suplidas por otras  destinadas a objetos secundarios externos, al final lo único que se logra es disfrazar la naturaleza incestuosa de los propios impulsos utilizando a otros objetos para realizarlos así sea de manera simbólica.
¿Y qué hacer para encontrar a la mujer adecuada para suplantar a la madre? Ser como el padre, convertirse en el padre mediante la identificación, hacer lo que el padre haría y ser uno con él. Entonces el yo se ve imposibilitado para ser otra cosa que no sea un clon paterno, el yo no puede ser más que el hijo del padre, así como Jesucristo siempre se presentó como hijo de Dios y del hombre.
Pero ese superyó, ese Abba del que hablaba al principio, no deja de ser omnipresente y omnipotente, y por lo tanto, las relaciones que establezca el sujeto ya adulto nunca podrán ser plenas, pues todo será matizado por la búsqueda de aprobación del padre, y esa aprobación nunca se dará pues si así lo hiciera, el padre estaría cediendo todo su poder fracasando en imponer la autoridad que es responsabilidad suya representar.
Pero hay otro camino ¿no? ¿Y si el sujeto rompe con el padre y lo rechaza, si huye de su sombra y busca su destino individual? Entonces no sería un digno hijo del padre, sería expulsado del paraíso y condenado a sufrir el resto de su vida. Entonces quedaría demostrado que el padre no cumplió adecuadamente su labor estructurante y por lo tanto el hijo habría vencido.
Y entonces al hijo sólo le quedaron dos vías: O repetir al padre o aborrecerlo.
Desde el psicoanálisis, éstas serían las únicas dos opciones posibles. Lo peligroso de esta propuesta es la facilidad con la que ha permeado en el sujeto común que asume con toda naturalidad la construcción edípica de su estructura personal y por lo tanto, acepta como si fuese una cuestión innata e ineludible el conflicto con el padre, impidiendo con ello el establecimiento de otra forma de entender las relaciones entre padre e hijo. El determinismo en el que se asienta la teoría psicoanalítica no da margen para que el sujeto pueda construir una  imagen distinta de sí mismo que acabe con el sufrimiento permanente de la postura dinámica. Al fin y al cabo el mártir siempre será el hijo.
Quisiera creer que existe una tercera vía.
En otra ocasión trataremos de abordarla.


3-12-2015

jueves, 10 de mayo de 2012

Puras Madres

Mi esposa me dijo que en lugar de hacerme pato cuando me agarrara el insomnio, mejor me pusiera a escribir, y como parece que ella tiene la voz de mando en casa, pues aquí estoy de regreso visitando mi blog después de varios meses.
Pues resulta que esta madrugada es 10 de mayo, día de las madres, y por ello, la tarde de ayer mi hija de 6 años y yo nos escapamos (sin que su madre se diera cuenta)en una corta expedición en busca del regalo perfecto. Después de veinte minutos dando de vueltas y vueltas en una misma tienda de ropa por fin mi hija eligió dos prendas que más bien parecían para ella, pero como eran para su mamá, pues ni qué decirle.
De unos años a la fecha me he vuelto un poco (mucho) cascarrabias respecto a lo que los medios nos venden como parte esencial de las demostraciones de afecto para con la familia: Día del amor, del padre, navidad y el ultimo invento sentimentaloide llamado Día de la Familia. En pocas palabras, me parecen sumamente desagradables...
... Pero soy padre, y mi hija estaba muy emocionada ¿Qué puedo hacer ante eso? Ya en la caja, resignado a cooperar con los empresarios para que hagan su agosto en mayo, mi niña me hizo una observación pertinente: -¡Oye!-me dijo- Muchos tienen mamás, entonces todos tienen que comprar regalos...
Yo me sonreí y le contesté, más para mí mismo que para ella:
-Acabas de describir perfectamente la esencia del día de la madre: El negocio.
No me hizo el menor caso, volteó hacía el mostrador en donde nos atendían y pidió que envolvieran sus regalos en una bolsa morada.
PD. Anoche le adelantaron su día de las madres a Josefina Vázquez Mota en Televisa: Le dieron en la idem hasta con la cubeta.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Bienvenida para mí.

Me doy la bienvenida a este blog que he llamado "Cuarto para las 12". Y me doy la bienvenida no por el  estrenarme en esto de las bitácoras digitales, sino por el hecho de decidirme a volver a escribir, algo que tiene años que no hacía y que hoy me doy cuenta lo mucho que lo he echado de menos.

El placer de escribir y exponer(me) implica una actitud totalmente exhibicionista pero también una disposición a compartir(me) de manera abierta, sin tapujos y sin medias tintas.

Hoy descubro en mí la necesidad de hablar y compartir conmigo aquello que sólo pasa por mi mente de manera caótica. hoy descubro en mí la necesidad de leerme, de escucharme y de sentirme. Que si esto suena onanista, pues sí, para qué negarlo. El fin último de la escritura es depositar en el texto aquello que el autor (en este caso, yo mismo) no puede expresar de otra forma. Sublimación, le llamamos en la clínica, y aunque estoy sumamente oxidado en esto de la escritura, doy un paso adelante y me arriesgo a reprimirme sublimando. Al fin y al cabo que el placer de la exhibición es sólo mío.

Me doy la bienvenida, y sobre las razones del título del blog, las iré descubriendo en el camino.

Me doy la bienvenida ...