martes, 23 de enero de 2018

Master of Sex: Más allá del sexo.





Para Monse, quien me obligó a ver esta serie.


Masters of Sex llegó muy tarde a mi vida.

No lo digo porque sea una serie vieja, se estrenó apenas en el año 2013. Tampoco  me refiero a que su trama es demasiado juvenil (que no lo es en ningún sentido) y yo rondo los cuarenta. No, no es eso. Simplemente que los héroes o anti-héroes plasmados en la pantalla se parecen mucho al tipo de personajes que admiraba hace más de veinte años… Y yo ya no soy aquél.

Hace veinte años me hubiera encandilado la determinación con la que Bill Masters y Virginia Johnson (los dos protagonistas principales) hicieron salir avante su proyecto, su “estudio”, contra todo y contra todos. A pesar del rechazo, la discriminación, el menosprecio e incluso el desinterés de la comunidad científica y de los legos por igual. 

Hace veinte años hubiera admirado la valentía con que Johnson y de Libby Masters se enfrentaron a una sociedad que menosprecia el valor de la mujer. Hubiera aplaudido la auto-apropiación que hicieron de sus cuerpos y el coraje que tuvieron para descolocarse del lugar de madre-esposa donde forzosamente el sistema las había colocado, incluso a costa de descuidar a sus hijos.

También hubiera sufrido por la incapacidad social de un genio como el Dr. Masters, quien, a pesar de su impotencia en varios niveles, lograba a fuerza de arrojo y traiciones, proseguir con su investigación. Quizá, incluso, me hubiera identificado con su aplanamiento afectivo y con su máscara de fortaleza que utilizaba para evitar mostrarse como lo que realmente era: un sujeto sensible y débil. Y entonces hubiera comprendido que las dificultades que presentaba para relacionarse eficientemente con su familia e hijos se debían al pasado tormentoso y traumatizante que sus padres le habían regalado en su infancia.

En fin, hace veinte años era yo más cínico y amargo.

Huelga decir que apenas he visto dos temporadas de cuatro, voy a la mitad de la serie y quizá me equivoque en mis señalamientos. Sin embargo, la serie tiene varias virtudes más allá del ya repetitivo “Masters-un-genio-traumatizado” y “Johnson-una-feminista-como-pocas”, y es que en sus episodios es posible rescatar críticas ponzoñosas al sueño americano, pues estos dos anti-héroes en realidad no son lo que podríamos llamar unas buenas personas, son autoritarios, traicioneros, mentirosos, ambiciosos. Él: clasista, egoísta y sexista. Ella: poco leal, individualista y poliamorosa (¿o esto era virtud?). Y entonces tenemos a este par que viene a representar el pilar fundamental en donde se sostiene el capitalismo estadounidense y ese sueño americano comentado más arriba: sujetos capaces de pasar sobre todo y pisotear a quien sea con tal de llegar al éxito.

Y repito, para mí esto es una virtud de los guionistas, al dotar a sus personajes de una amplia gama de grises impidiendo que los espectadores empaticemos completamente con ellos pero al mismo tiempo tampoco podemos juzgarlos o rechazarlos del todo.

De la misma forma podemos ser testigos de grupos minoritarios (homosexuales, afroamericanos, prostitutas, etc.) que se comportan de la misma manera, siendo víctimas y victimarios al mismo tiempo, fallando como todos a la hora de enfrentarse a sus principios.

Y esa es la belleza de esta serie, que más allá del seductor título, muestra a sus personajes como personas con dudas, equivocándose, sufriendo y violentando… y sin embargo, al final de la segunda temporada, estos mismos personajes nos piden/se piden dar “un salto de fé”, porque no basta ser consiente de uno mismo para poder modificar nuestro comportamiento; nos piden/se piden dar “un salto de fe” porque necesitamos creer en algo para poder darle sentido a la existencia…

… Y además: Lizzy Caplan es una diosa.

23 de enero de 2018

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