Para
Monse, quien me obligó a ver esta serie.
Masters of Sex llegó muy tarde a mi vida.
No
lo digo porque sea una serie vieja, se estrenó apenas en el año 2013.
Tampoco me refiero a que su trama es
demasiado juvenil (que no lo es en ningún sentido) y yo rondo los cuarenta. No,
no es eso. Simplemente que los héroes o anti-héroes plasmados en la pantalla se
parecen mucho al tipo de personajes que admiraba hace más de veinte años… Y yo
ya no soy aquél.
Hace
veinte años me hubiera encandilado la determinación con la que Bill Masters y Virginia
Johnson (los dos protagonistas principales) hicieron salir avante su proyecto,
su “estudio”, contra todo y contra todos. A pesar del rechazo, la
discriminación, el menosprecio e incluso el desinterés de la comunidad científica
y de los legos por igual.
Hace veinte años hubiera admirado la valentía con que Johnson y de Libby Masters se enfrentaron a una sociedad que menosprecia el valor de la mujer. Hubiera aplaudido la auto-apropiación que hicieron de sus cuerpos y el coraje que tuvieron para descolocarse del lugar de madre-esposa donde forzosamente el sistema las había colocado, incluso a costa de descuidar a sus hijos.
Hace veinte años hubiera admirado la valentía con que Johnson y de Libby Masters se enfrentaron a una sociedad que menosprecia el valor de la mujer. Hubiera aplaudido la auto-apropiación que hicieron de sus cuerpos y el coraje que tuvieron para descolocarse del lugar de madre-esposa donde forzosamente el sistema las había colocado, incluso a costa de descuidar a sus hijos.
También
hubiera sufrido por la incapacidad social de un genio como el Dr. Masters,
quien, a pesar de su impotencia en varios niveles, lograba a fuerza de arrojo y
traiciones, proseguir con su investigación. Quizá, incluso, me hubiera identificado con su aplanamiento
afectivo y con su máscara de fortaleza que utilizaba para evitar mostrarse como
lo que realmente era: un sujeto sensible y débil. Y entonces hubiera
comprendido que las dificultades que presentaba para relacionarse
eficientemente con su familia e hijos se debían al pasado tormentoso y
traumatizante que sus padres le habían regalado en su infancia.
En
fin, hace veinte años era yo más cínico y amargo.
Huelga
decir que apenas he visto dos temporadas de cuatro, voy a la mitad de la serie
y quizá me equivoque en mis señalamientos. Sin embargo, la serie tiene varias
virtudes más allá del ya repetitivo “Masters-un-genio-traumatizado” y “Johnson-una-feminista-como-pocas”,
y es que en sus episodios es posible rescatar críticas ponzoñosas al sueño
americano, pues estos dos anti-héroes en realidad no son lo que podríamos
llamar unas buenas personas, son autoritarios, traicioneros, mentirosos,
ambiciosos. Él: clasista, egoísta y sexista. Ella: poco leal, individualista y
poliamorosa (¿o esto era virtud?). Y entonces tenemos a este par que viene a
representar el pilar fundamental en donde se sostiene el capitalismo
estadounidense y ese sueño americano comentado más arriba: sujetos capaces de pasar sobre todo y pisotear a quien sea con tal de llegar al éxito.
Y
repito, para mí esto es una virtud de los guionistas, al dotar a sus personajes
de una amplia gama de grises impidiendo que los espectadores empaticemos
completamente con ellos pero al mismo tiempo tampoco podemos juzgarlos o
rechazarlos del todo.
De
la misma forma podemos ser testigos de grupos minoritarios (homosexuales,
afroamericanos, prostitutas, etc.) que se comportan de la misma manera, siendo
víctimas y victimarios al mismo tiempo, fallando como todos a la hora de
enfrentarse a sus principios.
Y
esa es la belleza de esta serie, que más allá del seductor título, muestra a
sus personajes como personas con dudas, equivocándose, sufriendo y violentando…
y sin embargo, al final de la segunda temporada, estos mismos personajes nos
piden/se piden dar “un salto de fé”, porque no basta ser consiente de uno mismo
para poder modificar nuestro comportamiento; nos piden/se piden dar “un salto
de fe” porque necesitamos creer en algo para poder darle sentido a la
existencia…
…
Y además: Lizzy Caplan es una diosa.
23 de enero de 2018