martes, 15 de diciembre de 2015

Las dos vías.



LAS DOS VÍAS.


Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo,
sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.
Juan 5:19


Asumir la postura psicoanalítica como la vía única para entender/comprender la interacción padre-hijo (omitiremos en este escrito a la figura materna, no por falta de interés, sino por economía de espacio) implica sumergirnos, se quiera o no, en los orígenes de la construcción ideológica cristiana occidental, pues es éste y no otro el marco de referencia de donde abreva la triada edípica, ese concepto que tanto entendidos como legos ya hemos convertido en un lugar común y, por qué no decirlo, hemos asumido como parte de nuestra idiosincrasia de manera harto simplificada.
Y no, no ignoro que el llamado Complejo de Edipo propuesto por Freud tiene su origen en la mitología griega, sin embargo, al detenernos en las peculiaridades de este “Complejo”, podemos encontrarnos con una raigambre judeo-cristiana de la cual es imposible desprendernos. Lo que propongo es analizar la relación padre-hijo desde esta perspectiva, pero más allá de la analogía simple de considerar al Dios cristiano (o a la idea de Dios) como una representación burda de la figura paterna, quisiera darle un giro a esta concepción y plantear que el psicoanálisis al establecer la participación de la figura del padre en el periodo edípico, lo hace a partir de trasponer las características del Dios cristiano y considerar al padre como una extensión de ese Dios omnipresente,  omnipotente y amoroso presentado al mundo por el mismo Jesucristo: Abba-papá.
En este sentido, el padre representa para el niño la santidad, la voluntad de poder, el ser que provee, el juez, el ser que lo libra del camino equivocado y el que lo protege de todo mal, como lo podemos encontrar en las diversas versiones del Padrenuestro. Este es el padre con el que se encuentra el pequeño en sus primeros años de vida, y es este padre con el que se enfrenta en la etapa edípica.
En este triángulo, el padre pasa a representar la amenaza subyacente de castración por lo que será temido y envidiado por el niño. Se supone que si el padre cumple de manera adecuada el papel amenazante que le corresponde, el niño deberá aceptar su derrota, asumir la autoridad del padre y aceptar la imposibilidad de adueñarse a la madre, instituyendo de esta forma la figura del superyó en la estructura psíquica del niño y permitiendo la formación del yo.
El cuestionamiento es el siguiente: Si aceptamos la propuesta psicoanalítica de estructuración del sujeto arriba señalada, estamos asumiendo que el destino del padre y el hijo es vivir, sí o sí, en eterna competencia por la esposa/madre, no sólo durante la llamada etapa edípica hasta su resolución, sino durante toda su relación familiar. En este encuentro desequilibrado de fuerzas, el padre se ve orillado a demostrar su poder y autoridad para aplacar la amenaza de destrucción-sustitución propuesta por el hijo; y el hijo a la vez deberá entablar una eterna batalla para convertirse él mismo en ese mismo padre y así poder alcanzar la perfección que este ostenta y lograr tener acceso a su madre. ¿Este conflicto termina con la “resolución” del Edipo? Claro que no, porque si bien la resolución implica que las pulsiones sexuales dirigidas hacia el objeto primario sean suplidas por otras  destinadas a objetos secundarios externos, al final lo único que se logra es disfrazar la naturaleza incestuosa de los propios impulsos utilizando a otros objetos para realizarlos así sea de manera simbólica.
¿Y qué hacer para encontrar a la mujer adecuada para suplantar a la madre? Ser como el padre, convertirse en el padre mediante la identificación, hacer lo que el padre haría y ser uno con él. Entonces el yo se ve imposibilitado para ser otra cosa que no sea un clon paterno, el yo no puede ser más que el hijo del padre, así como Jesucristo siempre se presentó como hijo de Dios y del hombre.
Pero ese superyó, ese Abba del que hablaba al principio, no deja de ser omnipresente y omnipotente, y por lo tanto, las relaciones que establezca el sujeto ya adulto nunca podrán ser plenas, pues todo será matizado por la búsqueda de aprobación del padre, y esa aprobación nunca se dará pues si así lo hiciera, el padre estaría cediendo todo su poder fracasando en imponer la autoridad que es responsabilidad suya representar.
Pero hay otro camino ¿no? ¿Y si el sujeto rompe con el padre y lo rechaza, si huye de su sombra y busca su destino individual? Entonces no sería un digno hijo del padre, sería expulsado del paraíso y condenado a sufrir el resto de su vida. Entonces quedaría demostrado que el padre no cumplió adecuadamente su labor estructurante y por lo tanto el hijo habría vencido.
Y entonces al hijo sólo le quedaron dos vías: O repetir al padre o aborrecerlo.
Desde el psicoanálisis, éstas serían las únicas dos opciones posibles. Lo peligroso de esta propuesta es la facilidad con la que ha permeado en el sujeto común que asume con toda naturalidad la construcción edípica de su estructura personal y por lo tanto, acepta como si fuese una cuestión innata e ineludible el conflicto con el padre, impidiendo con ello el establecimiento de otra forma de entender las relaciones entre padre e hijo. El determinismo en el que se asienta la teoría psicoanalítica no da margen para que el sujeto pueda construir una  imagen distinta de sí mismo que acabe con el sufrimiento permanente de la postura dinámica. Al fin y al cabo el mártir siempre será el hijo.
Quisiera creer que existe una tercera vía.
En otra ocasión trataremos de abordarla.


3-12-2015