LAS DOS VÍAS.
Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de
cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo,
sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre
hace, también lo hace el Hijo igualmente.
Juan 5:19
Asumir
la postura psicoanalítica como la vía única para entender/comprender la
interacción padre-hijo (omitiremos en este escrito a la figura materna, no por
falta de interés, sino por economía de espacio) implica sumergirnos, se quiera
o no, en los orígenes de la construcción ideológica cristiana occidental, pues
es éste y no otro el marco de referencia de donde abreva la triada edípica, ese
concepto que tanto entendidos como legos ya hemos convertido en un lugar común
y, por qué no decirlo, hemos asumido como parte de nuestra idiosincrasia de
manera harto simplificada.
Y
no, no ignoro que el llamado Complejo de Edipo propuesto por Freud tiene su
origen en la mitología griega, sin embargo, al detenernos en las peculiaridades
de este “Complejo”, podemos encontrarnos con una raigambre judeo-cristiana de
la cual es imposible desprendernos. Lo que propongo es analizar la relación
padre-hijo desde esta perspectiva, pero más allá de la analogía simple de
considerar al Dios cristiano (o a la idea de Dios) como una representación
burda de la figura paterna, quisiera darle un giro a esta concepción y plantear
que el psicoanálisis al establecer la participación de la figura del padre en
el periodo edípico, lo hace a partir de trasponer las características del Dios
cristiano y considerar al padre como una extensión de ese Dios
omnipresente, omnipotente y amoroso
presentado al mundo por el mismo Jesucristo: Abba-papá.
En
este sentido, el padre representa para el niño la santidad, la voluntad de
poder, el ser que provee, el juez, el ser que lo libra del camino equivocado y
el que lo protege de todo mal, como lo podemos encontrar en las diversas versiones
del Padrenuestro. Este es el padre con el que se encuentra el pequeño en sus
primeros años de vida, y es este padre con el que se enfrenta en la etapa
edípica.
En
este triángulo, el padre pasa a representar la amenaza subyacente de castración
por lo que será temido y envidiado por el niño. Se supone que si el padre
cumple de manera adecuada el papel amenazante que le corresponde, el niño
deberá aceptar su derrota, asumir la autoridad del padre y aceptar la
imposibilidad de adueñarse a la madre, instituyendo de esta forma la figura del
superyó en la estructura psíquica del niño y permitiendo la formación del yo.
El
cuestionamiento es el siguiente: Si aceptamos la propuesta psicoanalítica de
estructuración del sujeto arriba señalada, estamos asumiendo que el destino del
padre y el hijo es vivir, sí o sí, en eterna competencia por la esposa/madre,
no sólo durante la llamada etapa edípica hasta su resolución, sino durante toda
su relación familiar. En este encuentro desequilibrado de fuerzas, el padre se
ve orillado a demostrar su poder y autoridad para aplacar la amenaza de
destrucción-sustitución propuesta por el hijo; y el hijo a la vez deberá
entablar una eterna batalla para convertirse él mismo en ese mismo padre y así
poder alcanzar la perfección que este ostenta y lograr tener acceso a su madre.
¿Este conflicto termina con la “resolución” del Edipo? Claro que no, porque si
bien la resolución implica que las pulsiones sexuales dirigidas hacia el objeto
primario sean suplidas por otras
destinadas a objetos secundarios externos, al final lo único que se
logra es disfrazar la naturaleza incestuosa de los propios impulsos utilizando
a otros objetos para realizarlos así sea de manera simbólica.
¿Y
qué hacer para encontrar a la mujer adecuada para suplantar a la madre? Ser
como el padre, convertirse en el padre mediante la identificación, hacer lo que
el padre haría y ser uno con él. Entonces el yo se ve imposibilitado para ser
otra cosa que no sea un clon paterno, el yo no puede ser más que el hijo del
padre, así como Jesucristo siempre se presentó como hijo de Dios y del hombre.
Pero
ese superyó, ese Abba del que hablaba al principio, no deja de ser omnipresente
y omnipotente, y por lo tanto, las relaciones que establezca el sujeto ya
adulto nunca podrán ser plenas, pues todo será matizado por la búsqueda de
aprobación del padre, y esa aprobación nunca se dará pues si así lo hiciera, el
padre estaría cediendo todo su poder fracasando en imponer la autoridad que es
responsabilidad suya representar.
Pero
hay otro camino ¿no? ¿Y si el sujeto rompe con el padre y lo rechaza, si huye
de su sombra y busca su destino individual? Entonces no sería un digno hijo del
padre, sería expulsado del paraíso y condenado a sufrir el resto de su vida.
Entonces quedaría demostrado que el padre no cumplió adecuadamente su labor
estructurante y por lo tanto el hijo habría vencido.
Y
entonces al hijo sólo le quedaron dos vías: O repetir al padre o aborrecerlo.
Desde
el psicoanálisis, éstas serían las únicas dos opciones posibles. Lo peligroso
de esta propuesta es la facilidad con la que ha permeado en el sujeto común que
asume con toda naturalidad la construcción edípica de su estructura personal y
por lo tanto, acepta como si fuese una cuestión innata e ineludible el conflicto
con el padre, impidiendo con ello el establecimiento de otra forma de entender
las relaciones entre padre e hijo. El determinismo en el que se asienta la
teoría psicoanalítica no da margen para que el sujeto pueda construir una imagen distinta de sí mismo que acabe con el
sufrimiento permanente de la postura dinámica. Al fin y al cabo el mártir
siempre será el hijo.
Quisiera
creer que existe una tercera vía.
En
otra ocasión trataremos de abordarla.
3-12-2015